La nueva geopolítica del petróleo

¿En qué contexto general se está dibujando la nueva geopolítica del petróleo? El país hegemónico, Estados Unidos, considera a China como la única potencia contemporánea capaz, a medio plazo (en la segunda mitad del siglo XXI), de rivalizar con él y de amenazar su hegemonía solitaria a nivel mundial. Por ello, Washington instauró secretamente, desde principio de los años 2000, una “desconfianza estratégica” con respecto a Pekín.
El presidente Barack Obama decidió reorientar la política exterior norteamericana considerando como criterio principal este parámetro. Estados Unidos no quiere encontrarse de nuevo en la humillante situación de la Guerra Fría (1948-1989), cuando tuvo que compartir su hegemonía mundial con otra “superpotencia”, la Unión Soviética. Los consejeros de Obama formulan esta teoría de la siguiente manera: “Un sólo planeta, una sola superpotencia”.
En consecuencia, Washington no deja de incrementar sus fuerzas y sus bases militares en Asia Oriental para intentar “contener” a China. Pekín constata ya el bloqueo de su capacidad de expansión marítima por los múltiples “conflictos de los islotes” con Corea del Sur, Taiwán, Japón, Vietnam, Filipinas… Y por la poderosa presencia de la VIIª flota de Estados Unidos. Paralelamente, la diplomacia norteamericana refuerza sus relaciones con todos los Estados que poseen fronteras terrestres con China (exceptuando a Rusia). Lo que explica el reciente y espectacular acercamiento de Washington con Vietnam y con Birmania.
Esta política prioritaria de atención hacia el Extremo Oriente y de contención de China sólo es posible si Estados Unidos logra poder alejarse de Oriente Próximo. En este escenario estratégico, Washington interviene tradicionalmente en tres ámbitos. En primer lugar, en el ámbito militar: Washington se encuentra inmerso en varios conflictos, especialmente en Afganistán contra los talibanes y en Irak-Siria contra la Organización del Estado Islámico. En segundo lugar, en el ámbito de la diplomacia, en particular con la República Islámica de Irán, con el objetivo de limitar su expansión ideológica e impedir el acceso de Teherán a la fuerza nuclear. Y, en tercer lugar, en el ámbito de la solidaridad, especialmente con respecto a Israel, para quien Estados Unidos sigue siendo una especie de “protector en última instancia”.
Esta “sobreimplicación” directa de Washington en la región (particularmente después de la Guerra del Golfo en 1991) ha mostrado los “límites de la potencia norteamericana”, que no ha podido ganar realmente ninguno de los conflictos en los cuales se ha implicado fuertemente (Irak, Afganistán). Conflictos que han tenido, para las arcas de Washington, un coste astronómico con consecuencias desastrosas incluso para el sistema financiero internacional.
Actualmente, Washington tiene claro que Estados Unidos no puede realizar simultáneamente dos grandes guerras de alcance mundial. Por lo tanto, la alternativa es la siguiente: o Estados Unidos continúa implicándose en el “pantanal” de Oriente Próximo en conflictos típicos del siglo XIX; o se concentra en la urgente contención de China, cuyo fulgurante impulso podría anunciar a medio plazo la decadencia de Estados Unidos.
La decisión de Barack Obama es obvia: debe hacer frente al segundo reto, pues éste será decisivo para el futuro de Estados Unidos en el siglo XXI. En consecuencia, este país debe retirarse progresivamente –pero imperativamente– de Oriente Próximo.
Aquí se plantea una pregunta: ¿por qué Estados Unidos se ha implicado tanto en Oriente Próximo, hasta el punto de descuidar al resto del mundo, desde el fin de la Guerra Fría? Para esta pregunta, la repuesta puede limitarse a una palabra: petróleo.
Desde que Estados Unidos dejó de ser autosuficiente en lo que al petróleo se refiere, a finales de los años 1940, el control de las principales zonas de producción de hidrocarburos se convirtió en una “obsesión estratégica” norteamericana. Lo cual explica parcialmente la “diplomacia de los golpes de Estado” de Washington, especialmente en Oriente Medio y en América Latina.
En Oriente Próximo, en los años 1950, a medida que el viejo Imperio Británico se retiraba y quedaba reducido a su archipiélago inicial, el Imperio estadounidense lo reemplazaba mientras colocaba a la cabeza de los países de esas regiones a sus “hombres”, sobre todo en Arabia Saudí y en Irán, principales productores de petróleo del mundo, junto con Venezuela, ya bajo control estadounidense en la época.
Hasta hace poco, la dependencia de Washington respecto al petróleo y al gas de Oriente Próximo le impidió considerar la posibilidad de retirarse de la región. ¿Qué ha cambiado entonces para que Estados Unidos piense ahora en retirarse de Oriente Próximo? El petróleo y el gas de esquisto, cuya producción por el método llamado “fracking” aumentó significativamente a comienzos de los años 2000. Eso modificó todos los parámetros. La explotación de ese tipo de hidrocarburos (cuyo coste es más elevado que el del petróleo “tradicional”) fue favorecida por el importante aumento del precio de los hidrocarburos que, en promedio, superaron los 100 dólares por barril entre 2010 y 2013.
Actualmente, Estados Unidos ha recuperado la autosuficiencia energética e incluso está convirtiéndose otra vez en un importante exportador de hidrocarburos. Por lo tanto, ya puede por fin considerar la posibilidad de retirarse de Oriente Próximo, con la condición de cauterizar rápidamente varias heridas que, en algunos casos, datan de más de un siglo.
Por esa razón, Obama retiró casi la totalidad de las tropas norteamericanas de Irak y de Afganistán. Estados Unidos participó muy discretamente en los bombardeos de Libia y se negó a intervenir contra las autoridades de Damasco, en Siria. Por otra parte, Washington busca a marchas forzadas un acuerdo con Teherán sobre el tema nuclear y presiona a Israel para que su gobierno progrese urgentemente hacia un acuerdo con los palestinos. En todos estos temas se percibe el deseo de Washington de cerrar los frentes en Oriente Próximo para pasar a otra cuestión (China) y olvidar así las pesadillas de Oriente Próximo.

Todo esto se desarrollaba perfectamente mientras los precios del petróleo seguían altos, cerca de 100 dólares el barril. El precio de explotación del barril de petróleo de esquisto es de aproximadamente 60 dólares, lo que deja a los productores un margen considerable (entre 30 y 40 dólares el barril).
Aquí es donde Arabia Saudí ha decidido intervenir. Riad se opone a que Estados Unidos se retire de Oriente Próximo. Sobre todo si Washington establece antes un acuerdo sobre el tema nuclear con Teherán, lo que los saudíes consideran demasiado favorable a Irán. Además, según la monarquía wahabita, expondría a los saudíes, y a los suníes en general, a convertirse en víctimas de lo que llaman “el expansionismo chií”. Hay que tener presente que los principales yacimientos de hidrocarburos saudíes se encuentran en zonas de población chií.
Considerando que dispone de las segundas reservas mundiales de petróleo, Arabia Saudí decidió usar el petróleo para sabotear la estrategia norteamericana. Oponiéndose a las consignas de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), Riad decidió, contra toda lógica comercial aparente, aumentar considerablemente su producción y hacer de ese modo bajar los precios del petróleo, inundando el mercado de petróleo barato. La estrategia dio rápidamente resultados. En poco tiempo, los precios del petróleo bajaron un 50%. El precio del barril descendió a 40 dólares (antes de subir ligeramente hasta aproximadamente 55-60 dólares actualmente).
Esta política asestó un duro golpe al “fracking”. La mayoría de los grandes productores estadounidenses de gas de esquisto están actualmente en crisis, endeudados y corren el riesgo de quebrar (lo que implica una amenaza para el sistema bancario norteamericano que, generosamente, había ofrecido abundantes créditos a los neopetroleros). A 40 dólares el barril, el esquisto ya no resulta rentable. Ni las excavaciones profundas “off shore”. Numerosas compañías petroleras importantes ya han anunciado que cesan sus explotaciones en alta mar porque no son rentables, provocando la pérdida de decenas de miles de empleos.
Una vez más, el petróleo es menos abundante. Y los precios suben ligeramente. Pero las reservas de Arabia Saudí son suficientemente importantes para que Riad regule el flujo y ajuste su producción de manera que permita un ligero aumento del precio (hasta 60 dólares aproximadamente) pero sin que se lleguen a superar los límites que permitirían reanudar la producción mediante el “fracking” y en los yacimientos marítimos a gran profundidad. De este modo, Riad se ha convertido en el árbitro absoluto en materia de precio del petróleo (parámetro decisivo para las economías de decenas de países entre los cuales figuran Argelia, Venezuela, Nigeria, México, Indonesia, etc.).
Estas nuevas circunstancias obligan a Barack Obama a reconsiderar sus planes. La crisis del “fracking” podría representar el fin de la autosuficiencia de energía fósil en Estados Unidos. Y, por lo tanto, la vuelta a la dependencia de Oriente Próximo (y también de Venezuela, por ejemplo). Por ahora, Riad parece haber ganado su apuesta. ¿Hasta cuándo?

Fonte: Le Monde

A geopolítica chinesa da ferrovia: dependência e integração

O que está posto para o setor metroferroviário nos acordos com a China é a reafirmação da nossa condição de dependência, com poucas indicações de investimento nesta indústria e o atrelamento da economia brasileira à sua “vocacional” matriz exportadora de commodities.

Há anos a China tenta se estabelecer como uma potência política e econômica na América do Sul. A recente visita de uma delegação econômica chinesa, liderada pelo primeiro ministro Li Keqiang, é a mostra de que eles estão dispostos a capturar o imaginário desenvolvimentista que tem pairado sobre a região nos últimos dez anos. A carteira dos possíveis investimentos é grande e apenas no Brasil foram fechados 35 acordos, com ênfase em infraestrutura.

Com os projetos que foram postos à mesa, a China busca a defesa de seus interesses de expansão econômica e política na região, enquanto os países que recebem os chineses passam por um momento de turbulência econômica, vendo com muito bons olhos os investimentos estrangeiros.

No Brasil, a vinda dos chineses com investimentos para o modal ferroviário foi bastante celebrada em diferentes nichos do governo, tendo como filão principal a intenção de construir uma Ferrovia Transcontinental, ligando o Oceano Atlântico ao Pacífico.

A ferrovia é projetada no território brasileiro para partir de Porto de Açú, no litoral do Rio de Janeiro, e chegar até Boqueirão da Esperança, no estado do Acre, com aproximadamente 4400 Km de extensão. A ligação com o Pacífico é prevista para ser feita no Peru, fato que gerou bastante descontentamento entre os bolivianos, exacerbando as tensões existentes entre os dois países.

O interesse brasileiro quanto à parceria com os chineses no setor metroferroviário objetiva viabilizar economicamente a construção da Ferrovia de Integração Centro-Oeste (FICO), que integraria a Ferrovia Transcontinental.

A ferrovia visa a ligar a região Centro-Norte do País aos principais portos nacionais por meio da Ferrovia Norte-Sul, partindo da cidade de Uruaçú-GO até Vilhena-RO, com 1638 Km de extensão. A conclusão dessa ferrovia daria um salto de qualidade no escoamento da crescente produção de soja na região.

A partir de Vilhena-RO, tudo é incerto para os chineses e eles têm noção disso, a ponto de ainda estarem firmando acordos para estudos básicos sobre a viabilidade da construção da ferrovia em território peruano.

Os acordos entre Brasil e China provocaram agitações no mercado metroferroviário brasileiro, seja pela possibilidade de construção de ferrovias para melhor integração do mercado de commodities entre os dois países, seja pelos acordos comerciais para a compra de material ferroviário a preços mais acessíveis, abrindo o setor para as indústrias chinesas.

O mercado ferroviário chinês é um dos mais ativos do mundo: boa parte dos trilhos comprados para nossos projetos ferroviários é proveniente da China, ao passo que somos um país com recursos minerais e industriais para a produção nacional dos mesmos.

A indústria metroferroviária nacional avalia com bastante preocupação a entrada dos chineses no mercado brasileiro. Os precedentes não são bons, vide o caso dos contratos chineses junto à Argentina, que abriu seu mercado para a participação dos chineses sem a preocupação de resguardar a indústria nacional, gerando demissões e quebras no setor na competição com o material rodante chinês.

No Brasil já existiram conflitos desse tipo, principalmente nas licitações de metrôs e trens urbanos financiados pelo Banco Mundial, que não exige em seus contratos de financiamento a compra de trens nacionais. Tanto o Consórcio Via Quatro do metrô de São Paulo quanto a Super Via, no Rio de Janeiro, tiveram seus projetos financiados pelo banco e compraram material rodante de outros países, tal como Coreia do Sul e China, respectivamente, deixando as fabricantes nacionais de lado.

É necessário dizer que, no Brasil, em momentos de crescimento econômico, ocorre a expansão das ferrovias, mas, quando a situação econômica se deteriora, os investimentos minguam e o que foi investido começa a se deteriorar. Foi assim no período do café, na estatização na década de 1950 e nas concessões da década de 1990: há uma histórica falta de recursos para o modal.

Por exemplo, o momento vivido pelo setor metroferroviário no Brasil hoje não é dos melhores: o ajuste fiscal atinge em cheio os projetos de infraestrutura de transportes, sendo os investimentos em ferrovias bastante prejudicados, a ponto de impelir o Ministério da Fazenda a retirar do horizonte próximo a implementação do novo marco regulatório do setor, que visava a dar maior competitividade ao modal.

O atual modelo de concessão é vertical, em que não há competição entre as concessionárias para o uso das diferentes malhas do País, tendo como consequência o encarecimento do frete ferroviário. A regulação do modal também é frágil, faltando fiscalização satisfatória por parte da Agência Nacional de Transporte Terrestre (ANTT) nos contratos de concessão. O quadro para a iniciativa privada também não é favorável: apenas no mês de maio, foram registradas cerca de 100 demissões nas concessionárias ferroviárias.

Em 1967, Albert Hirshman escreveu um interessante ensaio sobre projetos de desenvolvimento, no qual desenvolveu a ideia de que grandes projetos devem ter algumas de suas características não reveladas para sua realização, tal como o preço a ser pago pelo empreendimento e seus respectivos impactos socioambientais.

O caso da ferrovia transcontinental é um desses projetos desenvolvimentistas com poucas informações a seu respeito: poucos estudos de impacto socioambiental, indefinições quanto ao traçado e custo imprevisível são algumas das marcas do projeto. As informações disponíveis não autorizam o anúncio de um empreendimento desse tamanho para a região. Então o que está em jogo no anúncio da Ferrovia Transcontinental?

O que está posto para o setor metroferroviário nos acordos firmados com a China é a reafirmação da nossa condição de dependência, com poucas indicações de investimento na indústria metroferroviária e o atrelamento da economia brasileira à sua “vocacional” matriz exportadora de commodities, veio central da expansão do modal ferroviário brasileiro nos últimos anos.

Assim, a entrada dos chineses no mercado metroferroviário brasileiro deve ser vista com cautela, a fim de que não terminemos liquidando o setor mais uma vez, entregando-o a interesses pouco preocupados com a solução de nossos gargalos de infraestrutura de transportes

Fonte: Brasil Debate

The economics of Asian geo-political stability

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Author: Paul Hubbard, ANU

What can economics tell you about the geo-political challenges in Asia? Many strategic thinkers focus on defence capabilities, ideology, politics, environmental threats or history to envisage strategic futures. Economics provides a lens to focus on the fundamental drivers of regional power relations. National income limits a country’s capacity to mobilise resources for power projection, and hence influence the regional security order. For example, North Korea may be a security nuisance, but its pockets simply aren’t deep enough to be more than a bit player.

Australian Treasury’s long term international GDP projections are therefore a good starting point to considering strategic futures. They rely on slow moving variables, such as labour force and institutional capability, to project regional economic growth out for decades. The results are startling – Asia overtakes the traditionally ‘advanced’ economies on a PPP basis around 2020. This is led by China, which by 2030 could be producing a quarter of the world’s output. For comparison the United States at the end of the cold war produced 23 per cent of global output.

Some commentators disagree, pointing to the United States’ continued edge in technology. But ideas are easily copied and modern technology and international education means ‘catch up’ is getting faster. Others believe that GDP at market exchange rates is more relevant than ‘purchasing power parity’ for projecting power — to buy guns you need foreign currency, not bowls of rice. Using that measure, China doesn’t overtake the US until 2025, just a decade away. But market exchange rates are subject to market fluctuations, and PPP provides a better indicator or an economy’s underlying potential. Finally, other commentators note that the US will still have double China’s GDP on a capita basis by 2050. But this is much less relevant for geopolitics than raw command over resources; Singapore and Brunei both have per capita GDP higher than the United States or China. But they won’t decide the regional security order.

China has had consistently impressive growth record since starting reform and opening up in 1978. But current reforms to financial and capital markets are far more risky and ambitious than shifting workers from agriculture to industry. Continued economic growth requires increased reliance on markets to allocate capital. However, the effects of the Asian Financial Crisis on Indonesia, and more recently the wash-up of the Global Financial Crisis on Greece, have made the Chinese authorities well aware of the political risks of ceding control.

So what does this mean for Australian economic diplomacy? It’s hard to over-state Australia’s interest in drawing newcomers in to the open, rules based system. Both Australian commercial and strategic interests should be to see China integrate into world markets and regional institutions.

A little discussed role for Australian economic diplomacy is engaging its friends and allies on ways to bring China voluntarily into the self-constraining rules based market system. Part of this is advocating institutions that maintain an open trading and investment environment (such as the IMF) to become more inclusive of emerging countries’ interests. It also means prioritising institutions for the next fifty years, rather than those which consolidate cold war alliances. This means prioritising RCEP negotiations (which includes India and China) over TPP (which does not).

Another thing economics teaches us is that competition, not cartels, delivers the best value. Upsetting business as usual for the ADB (traditionally led by Japan) or the World Bank (headquartered in Washington DC) isn’t a good argument for shunning China’s first big multilateral initiative in the Asian Infrastructure Investment Bank.

At the highest level, it means encouraging the United States towards a regional trade and investment system where it realises its own interests are served through peaceably sharing regional leadership with China. Where possible, we should politely, but firmly, rebut US denials of China’s economic rise.

The projections also show that countries which might help balance China’s growth in the region, particularly Indonesia and India, are lagging their potential. Australia should be doing all it can to build the institutions of economic governance needed for a prosperous and coherent ASEAN. By contrast, Japan is more of a demonstrative footnote, given its precipitate decline. We should help a fellow democracy to grow old gracefully, not expect a great power renaissance.

Changing economic fortunes need not cause conflict; but misperceptions of national strengths and objectives do. Australia’s geo-political challenge is not just that for the first time its key strategic ally is different from its principal trading partner. It is that the key players in our region have different interpretations of the economic writing on the wall and haven’t yet realised that it’s in Chinese.

Paul Hubbard is a doctoral candidate at the Crawford School of Public Policy, The Australian National University. He is currently on leave from the Australian Treasury as a Sir Roland Wilson Scholar, and is former Fulbright Scholar in international relations. The views in this paper do not reflect those of the Australian Treasury.

 Fonte: East Asia Forum

DIEGO PAUTASSO: “O PAPEL DA CHINA NA NOVA ARQUITETURA FINANCEIRA MUNDIAL”

Publicado originalmente em 15 de maio de 2015

Não resta dúvida que a criação do sistema Bretton Woods, baseados no Banco Mundial, no Fundo Monetário Internacional e no dólar, constituiu um dos pilares hegemonia norte-americana. Da mesma forma, deve-se reconhecer que as crises financeiras nos anos 1990 – México (1994), leste da Ásia (1997), Rússia (1998), Brasil (1999) e Argentina (2001) -, a supremacia das políticas liberalizantes e a crise financeira global de 2008 atestaram os limites dos mercados auto‑regulados e necessidade de novos padrões de governança.

Assim, a crise de 2008 tem catalisado mudanças internacionais, cujos desdobramentos já se fazem sentir, embora não em toda sua extensão. A criação do Banco Asiático de Investimento em Infraestrutura (Asian Infrastructure Investment Bank – AIIB) só pode ser compreendido como parte de uma nova arquitetura financeira global que, naturalmente, afeta as configurações de poder interestatais. O grande desafio é captar a direção e o sentido das mudanças em curso, pois estas representam, de um lado, um renascimento econômico da Ásia oriental (ARRIGHI, 2008) e, de outro, a conformação de um sistema sinocêntrico na região (PAUTASSO, 2011b). Em suma, trata-se de compreender o enigma chinês e seus efeitos sobre as estruturas hegemônicas de poder lideradas pelos EUA.

Nova arquitetura financeira emergente

Assim, a China tem trabalhado em todas as esferas para construir novas configurações de poder em escala global – sem com isso adotar postura revisionista. E a crise financeira de 2008 irradiada dos EUA parece ter acelerado esse movimento de reordenamento do poder global. Em face desse contexto, o governo chinês, utilizando-se de sua gigantesca capacidade financeira que emerge do tamanho do seu PIB, de suas reservas internacionais e de seus superávits comerciais, busca construir uma nova arquitetura econômico-financeira global. Primeiro, o protagonismo da China foi sinalizado através da afirmação do presidente do seu Banco Central, Zhou Xiaochuan, em março de 2009, acerca da necessidade de superar as vulnerabilidades de uma economia global ancorada em uma moeda nacional (dólar). Sublinhou Zhou a importância de repensar algo na linha do que havia sido proposto originalmente por Keynes às vésperas de Bretton Woods ou mesmo pelo fortalecimento dos Direitos Especiais de Saque (SDR – Special Drawing Rights) como substituto ao dólar[2], uma espécie de cesta de moedas criado em 1969 pelo FMI baseados no dólar estadunidense, iene, libra e euro.

Segundo, com a iniciativa do grupo BRICS que redundou na criação do Novo Banco de Desenvolvimento e do Acordo Contingente de Reservas na sua 6ª Cúpula em Fortaleza, em julho de 2014[3]. Trata-se 1) de um banco para financiamento de projetos de investimento nos BRICS e terceiros países da ordem de um capital subscrito de 50 bilhões de dólares e um capital autorizado de 100 bilhões e 2) de um fundo de estabilização para compartilhar reservas em contextos de crises financeiras no valor de 100 bilhões de dólares (divididos em 41 bilhões de dólares para a China, 18 bilhões para Brasil, Índia e Rússia e mais 5 bilhões para a África do Sul).

Terceiro, a China tem amplificado seu papel de financiador de obras no mundo através do Banco de Desenvolvimento da China e do Eximbank, criados em 1994 como bancos estatais de fomento. Entre 2005 e 2012, o financiamento chinês para a América Latina ultrapassou 86 bilhões de dólares, mais do que Banco Mundial, Eximbank dos EUA e Banco Inter-Americano de Desenvolvimento. Além de créditos abundantes, em geral tem os juros mais convidativos, garantidos por commodities (sem moeda forte), prazos alongados de pagamento, sem imposição de condicionalidades políticas (GALLAGHER; IRWIN; KOLESKI, 2013)

Quarto, o crescimento dos investimentos externos diretos (IED) e os contratos da China tem sido surpreendente. Cada vez mais o país se transforma não só num grande receptor mas em um grande emissor de IED. O estudo da Heritage Fundation, compilado por Derek Scissors, dá a exata dimensão da evolução e da sua distribuição por país e setor da economia até o ano de 2014[4]. Aliás, a China está se convertendo no maior emissor de investimento externo direto (IED) do mundo, em grande parte puxado por empresas estatais que atuam em consonância com os interesses governamentais (SANTOS; MILAN, 2014). Não por acaso tem sido vertigino a ampliação do número de empresas chinesas na lista das 500 maiores da Fortune: no ranking de 2014 já são 95 da China (e Hong Kong), enquanto os EUA caíram para 128[5].

Quinto, é o caso, por exemplo, da sua mais recente proposta de criar um sistema internacional de pagamento (China International Payment System-CIPS) ainda em 2015[6] – iniciativa que o governo russo também tem buscado ampliar para criar um sistema nacional de pagamento[7]. São iniciativas alternativas ao tradicional domínio do SWIFT (Society for the Worldwide Interbank Financial Telecommunication) fundada em 1973 em Bruxelas como principal mecanismo padronizado para transações financeiras globais (através de cartas de crédito e diversas formas de pagamento usando linguagem computacional comum). No fundo, o governo chinês trabalha para a desdolarização global e a internacionalização de sua moeda, o yuan, através da assinatura de swaps cambiários bilaterais, da instalação de centros de liquidação direta fora da Ásia e da abertura programada do mercado de capitais. Com efeito, o objetivo é ampliar a autonomia da China em relação a estruturas do mercado financeiro centradas nos EUA/União Europeia. O certo é que a desdolarização não é uma política cujo resultado dar-se-á no curto prazo, mas é certo também que uma economia que poderá ser 25% maior do que a dos EUA em 2050 necessariamente terá sua moeda demandada como reserva de valor[8].

Sexto, a formação do Fundo Rota da Seda[9], a ser constituído por 40 bilhões de dólares a partir de recursos das reservas internacionais e de bancos chineses (China Investment Corp., Export-Import Bank of China e China Development Bank). O objetivo é integrar a Eurásia recriando uma nova Rota da Seda, cujas diretrizes já foram explanadas pelo presidente Xi Jinping no Fórum Boao para a Ásia em março de 2015. Nesse documento[10], o governo reitera que recriação do eixo de cooperação entre Oriente e Ocidente deve fortalecer a inclusividade, o aprendizado e o benefício mútuos, de modo a impulsionar a coordenação política, o desenvolvimento de infraestrutura e a integração econômica (comercial e de investimentos). No entendimento da China, serão duas vias de ligação com a Europa: o Cinturão Econômico da Rota da Seda estabelecerá essa conexão através da Mongólia, Ásia Central e Rússia e da Rota da Seda Marítima será constituída através da Mar do Sul da China e no Oceano Índico.

Por fim, a criação oficial do Banco Asiático de Investimento em Infraestrutura (AIIB) se deu em outubro de 2014, projetado para ter, inicialmente, um capital social de 100 bilhões de dólares, sendo metade alocado pela China. É um banco de desenvolvimento multilateral (MDB) tendo como foco o desenvolvimento de infraestrutura e outros setores produtivos na Ásia, complementando e cooperando com os bancos multilaterais de desenvolvimento existentes. Até o final de outubro de 2014, 22 países asiáticos assinaram um Memorando de Entendimento (MOU) para estabelecer o AIIB, tendo Pequim como sede e Jin Liqun como seu primeiro Secretário-Geral Interino.[11]Embora tenha sido uma iniciativa voltada à região, como sugere o nome do banco, foi criado com 57 membros fundadores, incluindo aliados norte-americanos. O fato é que a iniciativa ganhou uma importância muito maior e demonstrou a reduzida capacidade dos EUA de dissuadirem seus aliados. Reconheceu o ex-secretário do Tesouro dos EUA, Lawrence Summers[12], que a China pode abalar a hegemonia econômica dos EUA.

Considerações finais

A China tem apresentado uma crescente capacidade financeira, manifesta i) nas suas reservas internacionais de cerca de 4 trilhões de dólares[13]; ii) na importância global de seus bancos, que em 2004 não possuíam nenhum entre os 10 maiores do mundo e em 2013 já tinha o primeiro, segundo, sétimo e nono (Industrial and Commercial Bank of China (ICBC), China Construction Bank, Bank of China e o Agricultural Bank of China)[14]; e iii) na participação ativa na criação e fortalecimento dos bancos de desenvolvimento, como o China Development Bank (CBD-1994), o China-Africa Development Bank (CAD Fund-2007), o Novo Banco de Desenvolvimento do BRICS (NBD-2014) e agora o Banco Asiático de Investimento em Infraestrutra (AIIB-2014). O resultado é a condição para liderar a construção de uma nova arquitetura financeira global que, embora de maturação e desdobramentos incertos, tende i) a aprofundar a integração infraestrutural e econômica da região, ii) a projetar a liderança regional (e global) da China e iii) a fortalecer novos sistemas de governança na economia mundial.

Não resta dúvida que a China está consciente de que seu desenvolvimento ainda é recente e, por isso, precisa amadurecer sua trajetória para assumir o papel e a responsabilidade de um líder regional ou até mesmo global (OLIVEIRA; LEITE, 2014). Parece evidente também que a China tem se tornado progressivamente mais assertiva, sem, contudo, precisar ser revisionista, dado que o status quo internacional não restringe sua ascensão. Assim, a situação internacional atual permite à China acumular forças e, ao mesmo tempo, na medida que a correlação de forças vai se alterando, buscar construir alternativas internacionais em diversos campos. Enquanto os EUA parecem incapazes de reconhecer a multipolarização em curso e formatar sua grande estratégia, ao focarem prioritariamente em elementos táticos e operacionais de cunho militar (CEPIK; MARTINS, 2014), o fortalecimento do eixo Sul-Sul e o processo de multipolarização têm evoluído em diversas esferas (PAUTASSO, 2011a). E só pode ser entendido à luz do renascimento da Ásia e da ascensão chinesa.

Fonte: BLOG DO GRUPO DE PESQUISA SOBRE POTÊNCIAS MÉDIAS

AS SEDUTORAS GARRAS DO DRAGÃO CHINÊS: FINANÇAS E BIFURCAÇÃO DO CENTRO DA ECONOMIA GLOBAL

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Publicado em 05/04/2015

por Javier Vadell[i] e Leonardo Ramos[ii]

O Asian Infrastructure Investment Bank (AIIB) tornar-se-á a primeira organização multilateral que não estará sob controle direto dos Estados Unidos da América (EUA) ou de seus aliados. Além disso, caso vire um membro, não o será como membro-fundador, já que o prazo que a República Popular da China (RPC) estipulou foi até o dia 31 de março de 2015.

A decisão da Grã-Bretanha de participar como sócio fundador do recém-criado AIIB liderado pela República Popular da China (RPC) movimentou as placas tectônicas do sistema internacional contemporâneo de maneira significativa: a partir daí, o que se viu foi uma corrida contra o tempo: Itália, República Federal da Alemanha, França, Suíça, Luxemburgo e Nova Zelândia à Grã-Bretanha. Até mesmo Christine Lagarde, diretora-gerente do FMI, afirmou que o FMI cooperaria de “bom grado” com o AIIB[1].

O AIIB se inicia com 33 membros[2], e há outros 21[3] esperando o resultado de suas candidaturas, que será divulgado até o dia 15 de abril de 2015[4], criando um dilema crucial aos Estados Unidos. Associar-se-á à China ou continuará a comandar os desprestigiados FMI e Banco Mundial, como afirmou o Secretário do Tesouro dos EUA, Jack Lew[5]? Em que medida esse movimento afeta a governança econômica e política global na hora em que quatro membros do G7 aceitaram formar parte deste processo institucional multilateral? Seria ele uma mostra da perda de influência econômica dos Estados Unidos frente às alianças do G7, após a grande potência ter tentado infrutuosamente boicotar a empreitada chinesa?

AIIB e a economia política da sedução

Numa visita à Indonésia em 2013, o presidente da RPC, Xi Jinping, anunciou a proposta de criação do AIIB e, no ano seguinte, em 24 de outubro de 2014, foi realizada a Cerimônia de Assinatura do Memorando de Entendimento sobre o Estabelecimento do AIIB. O Banco teria um capital inicial de US$ 50 bilhões e agiria como uma nova fonte de financiamento às economias emergentes regionais, fundamentalmente, como seu nome o indica, na área de infraestrutura (LOPES 2014; YANGPENG 2014). Desde um primeiro momento, os EUA tentaram persuadir seus aliados a boicotar a nova instituição (RACHMAN 2015) com os argumentos conhecidos. Isto é, a RPC não teria escrúpulos no fornecimento de empréstimos, não se importando com Direitos Humanos ou padrões ambientais – que compõem parte das condições impostas por instituições como o Banco Mundial e o FMI aos seus clientes/Estados.

A despeito de tais pressões, o Reino Unido, a Itália, a República Federal da Alemanha, a França, a Suíça, Luxemburgo, a Áustria, a Coréia do Sul e a Austrália se somaram aos 21 países que originalmente assinaram o memorando de entendimento, dando o pontapé inicial em um banco de desenvolvimento de proporções extremamente significativas.

O AIIB formará parte de uma rede de bancos de desenvolvimento que a China está criando e gerenciando e cujo centro de poder estará em Xangai e Pequim, centro de poder econômico e político da China. Essa rede envolve o China Development Bank(CDB), China-Africa Development Bank (CADB), New Development Bank (NDB), ou Banco dos BRICS, e agora o Asian Infrastructure Investment Bank (AIIB), foco da nossa análise.

A despeito da relevância do investimento em infraestrutura para o crescimento econômico, desde a crise financeira de 2008 é possível perceber um crescente déficit no investimento em infraestrutura, principalmente no mundo em desenvolvimento. De acordo com estimativa feita pela OCDE, seriam necessários aproximadamente US$70 trilhões até 2030 para atender às demandas de investimento em transporte, geração, transmissão e distribuição de eletricidade, água e telecomunicações (OECD 2006,2007). Ora, os principais investidores tradicionais têm diminuído seus investimentos em infraestrutura: o investimento privado em infraestrutura tem diminuído desde 2008, e provavelmente diminuirá ainda mais em função das demandas do Acordo da Basiléia III – um efeito colateral da crise financeira de 2008 (WIGGLESWORTH 2012). Além disso, os bancos multilaterais de desenvolvimento e a ajuda oficial para o desenvolvimento têm limitado os investimentos (privados?), direcionando menos de 10% para projetos de infraestrutura e voltando tais recursos para os países mais pobres e não mais para as potências médias emergentes (CHIN 2014).

Neste contexto, iniciativas como o AIIB, CADB e NDB são extremamente interessantes e atraentes, em especial para os países asiáticos: de acordo com dados do Banco Asiático de Desenvolvimento, eles necessitarão de cerca de US$8 trilhões de investimento em infraestrutura na próxima década para manter sua atual taxa de crescimento. Já a Europa vê as relações com a China em termos estratégicos: a China é seu segundo maior parceiro comercial e, além disso, há o interesse, por parte dos países europeus, de se tornarem a porta de entrada para o capital chinês no ocidente.

A falta de avanço nas reformas da arquitetura financeira mundial – reforma do FMI e do Banco Mundial, em especial –, é um elemento fundamental para compreender o contexto de emergência desta rede de bancos de desenvolvimento criada e gerida pela China, do qual o AIIB é parte fundamental. Assim, a emergência de tal rede aponta para o aprofundamento da crise do modelo neoliberal e do bloco histórico a ele associado: desde o pós-II Guerra Mundial – e em especial a partir da crise dos anos 1970 – as instituições de Bretton Woods têm sido fundamentais na manutenção da hegemonia neoliberal. Ora, todo grupo hegemônico deve ser capaz de garantir a reprodução/satisfação dos interesses e necessidades materiais básicas dos grupos subordinados, e como visto, nos últimos anos, as instituições criadas em Bretton Woods não têm sido capazes de suprir tais interesses e necessidades no que diz respeito ao investimento em infraestrutura e em equilibrar a relação de poder econômico existente outorgando mais peso de decisão aos emergentes. Neste sentido a rede bancária chinesa – incluído o AIIB – pode ser vista como um concorrente do Banco Mundial, FMI e do Banco Asiático de Desenvolvimento – este último liderado por Japão e EUA; mas um concorrente que apresenta o diferencial de fornecer empréstimos que as instituições de Bretton Woods não oferecem, isto é, financiamento em infraestrutura, essencial para a expansão do capitalismo global e para o impulsionar o desenvolvimento.

Bibliografia

BBC. 2015. Lagarde says IMF to co-operate with China-led AIIB bank. BBC 22 march 2015, http://www.bbc.com/news/business-32007090.

CHIN, Gregory T. . 2014. The BRICS-led Development Bank: Purpose and Politics beyond the G20. Global Policy 5 (3):366-373.

LOPES, Bárbara. 2014. A China como Grande protagonista na Criação dos Novos Bancos de Desenvolvimento. Blog do GPPM, 08 dec 2014,https://grupoemergentes.wordpress.com/2014/12/08/a-china-como-grande-protagonista-na-criacao-dos-novos-bancos-de-desenvolvimento/

OECD. 2006. Infrastructure to 2030: Telecom, Land Transport, Water and Electricity.OCDE Publishing, 16 mar 2015,http://www.oecd.org/futures/infrastructureto2030/infrastructureto2030telecomlandtransportwaterandelectricity.htm.

OECD. 2007. Infrastructure to 2030 (Vol. 2): Mapping Policy for Electricity, Water and Transport. OCDE Publishing, http://www.oecd-ilibrary.org/docserver/download/9789264031326-sum-en.pdf?expires=1428007137&id=id&accname=guest&checksum=2576D4166BD0AA9F6543D74DAF500CD0.

RACHMAN, Gideon. 2015. Diplomatic debacle over AIIB will make America look isolated and petulant. Financial Times, 16 mar 2015,http://www.ft.com/intl/cms/s/0/cd466ddc-cbc7-11e4-aeb5-00144feab7de.html – axzz3UlomJ99V

TIEZZI, Shannon. 2015. America’s AIIB Disaster: Are There Lessons to be Learned?The Diplomat, 18 mar 2015, http://thediplomat.com/2015/03/americas-aiib-disaster-are-there-lessons-to-be-learned/.

WIGGLESWORTH, Robin. 2012. Infrastructure projects face funding gap. Financial Times, http://www.ft.com/intl/cms/s/0/0a3c51ee-9457-11e1-bb0d-00144feab49a.html – axzz3K7c1iY36.

XINHUA. 2015. 30 nations approved as AIIB founding members. Xinhua 01/04/2015,http://en.people.cn/business/n/2015/0331/c90778-8872045.html

YANGPENG, Zheng. 2014. Members named for Asia infrastructure bank. China Daily,http://www.chinadaily.com.cn/business/2014-10/24/content_18797512.htm.

[1] Lagarde expressou: “IMF to co-operate with China-led AIIB bank” (BBC 2015)

[2] Membros regionais: Bangladesh, Brunei, Camboja, Cazaquistão, China, Filipinas, Índia, Indonésia, Jordânia, Kuwait, Laos, Malásia, Maldivas, Mianmar, Mongólia, Nepal, Omã, Paquistão, Qatar, Arábia Saudita, Singapura, Sri Lanka, Tailândia, Tajiquistão, Uzbequistão e Vietnam.  Membros extra-regionais: Alemanha, França, Itália, Luxemburgo, Reino Unido, Nova Zelândia e Suíça

[3] Austrália, Áustria, Brasil, Coreia do Sul, Dinamarca, Egito, Espanha, Finlândia, Geórgia, Holanda, Hong Kong, Hungria, Islândia, Israel, Noruega, Portugal, Quirguistão,  Rússia,  Suécia, Taiwan e Turquia.

[4] Para mais detalhes ver: Xinhua (2015)

[5] Segundo The Diplomat, aparentemente os EUA subestimaram a frustração crescente que existe por parte dos Estados (e não só do Sul Global) em relação às instituições criadas em Bretton Woods, o Banco Mundial e o Fundo Monetário Internacional. O Secretário do Tesouro dos EUA, Jack Lew disse ao Congresso: “It’s not an accident that emerging economies are looking at other places because they are frustrated that, frankly, the United States has stalled a very mild and reasonable set of reforms in the IMF” (TIEZZI 2015).

[i] Professor do Departamento de RI da PUC Minas e coordenador do Grupo de potências Médias.

[ii] Professor do Departamento de RI da PUC Minas e coordenador do Grupo de potências Médias.

Fonte: Grupo de Pesquisa sobre POt~encias Médias

Pepe Escobar: Westward ho on China’s Eurasia BRIC road

Silk-Road-Map1
Pepe Escobar March 21, 2015 16 Comments
Empire of Chaos, Pepe Escobar
“…it is imperative that no Eurasian challenger (to the U.S.)

emerges capable of dominating Eurasia

and thus also of challenging America”

Zbigniew Brzezinski, The Grand Chessboard, 1997

What’s in a name, rather an ideogram? Everything. A single Chinese character – jie (for “between”) – graphically illustrates the key foreign policy initiative of the new Chinese dream.

In the upper part of the four-stroke character – which, symbolically, should be read as the roof of a house – the stroke on the left means the Silk Road Economic Belt, and the stroke on the right means the 21st century Maritime Silk Road. In the lower part, the stroke on the left means the China-Pakistan corridor, via Xinjiang province, and the stroke on the right, the China-Myanmar-Bangladesh-India corridor via Yunnan province.

Chinese culture feasts on myriad formulas, mottoes – and symbols. If many a Chinese scholar worries about how the Middle Kingdom’s new intimation of soft power may be lost in translation, the character jie – pregnant with connectivity – is already the starting point to make 1.3 billion Chinese, plus the overseas Chinese diaspora, visualize the top twin axis – continental and naval – of the New Silk Road vision unveiled by President Xi Jinping, a concept also known as “One Road, One Belt”.

In practical terms, it also helps that the New Silk Road will be boosted by a special, multi-billion-dollar Silk Road Fund and the new Asian Infrastructure Investment Bank (AIIB), which, not by accident, has attracted the attention of European investors.

The New Silk Road, actually roads, symbolizes China’s pivot to an old heartland: Eurasia. That implies a powerful China even more enriched by its environs, without losing its essence as a civilization-state. Call it a post-modern remix of the Tang, Sung and early Ming dynasties – as Beijing deftly and recently stressed via a superb exhibition in the National Museum of China consisting of rare early Silk Road pieces assembled from a range of regional museums.

In the past, China had a unifying infrastructure enterprise like the Great Wall. In the future it will have a major project of unifying Eurasia via high-speed rail. When one considers the breadth of this vision, depictions of Xi striving to be an equal of Mao Zedong and Deng Xiaoping sound so pedestrian.

Of course China’s new drive may be interpreted as the stirrings of a new tributary system, ordered and centered in Beijing. At the same time, many in the U.S. are uncomfortable that the New Silk Road may be a geopolitical, “peaceful development”, “win-win” answer to the Obama administration’s Pentagon-driven pivoting to Asia.

Beijing has been quick to dismiss any notions of hegemony. It maintains this is no Marshall Plan. It’s undeniable that the Marshall Plan “covered only Western nations and excluded all countries and regions the West thought were ideologically close to the Soviet Union”. China, on the other hand, is focused on integrating “emerging economies” into a vast, pan-Eurasian trade/commerce network.

Achtung! Seidenstrasse! (Attention! Silk Road!)

It’s no wonder top nations in the beleaguered EU have gravitated to the AIIB – which will play a key role in the New Silk Road(s). A German geographer – Ferdinand von Richthofen – invented the Seidenstrasse (Silk Road) concept. Marco Polo forever linked Italy with the Silk Road. The EU is already China’s number one trade partner. And, once again symbolically, this happens to be the 40th year of China-EU relations. Watch the distinct possibility of an emerging Sino-European Fund that finances infrastructure and even green energy projects across an integrated Eurasia.

It’s as if the Angel of History – that striking image in a Paul Klee painting eulogized by philosopher Walter Benjamin – is now trying to tell us that a 21st century China-EU Seidenstrasse synergy is all but inevitable. And that, crucially, would have to include Russia, which is a vital part of the New Silk Road through an upcoming, Russia-China financed $280 billion high-speed rail upgrade of the Trans-Siberian railway. This is where the New Silk Road project and President Putin’s initial idea of a huge trade emporium from Lisbon to Vladivostok actually merge.

In parallel, the 21st century Maritime Silk Road will deepen the already frantic trade interaction between China and Southeast Asia by sea. Fujian province – which faces Taiwan – will play a key role. Xi, crucially, spent many years of his life in Fujian. And Hong Kong, not by accident, also wants to be part of the action.

All these developments are driven by China being finally ready to become a massive net exporter of capital and the top source of credit for the Global South. In a few months, Beijing will launch the China International Payment System (CIPS), bound to turbo-charge the yuan as a key global currency for all types of trade. There’s the AIIB. And if that was not enough, there’s still the New Development Bank, launched by the BRICs to compete with the World Bank, and run from Shanghai.

It can be argued that the success of the entire Silk Road hinges on how Beijing will handle restive, Uyghur-populated Xinjiang – which should be seen as one of key nodes of Eurasia. This is a subplot – fraught with insecurity, to say the least – that should be followed in detail for the rest of the decade. What’s certain is that most of Asia will feel the tremendous pull of China’s Eurasian drive.

And Eurasia – contrary to perennial Brzezinski wishful thinking – will likely take the form of a geopolitical challenge: A de facto China-Russia strategic partnership that manifests itself in various facets of the New Silk Road that also bolsters the strength of the Shanghai Cooperation Organization (SCO).

By then, both Iran and Pakistan will be SCO members. The close relations between what was ancient Persia and China span two millennia – and now they are viewed by Beijing as a matter of national security. Pakistan is an essential node of the Maritime Silk Road, especially when one considers the Indian Ocean port of Gwadar, which in a few years may double as a key transit point of the IP or Iran-Pakistan gas pipeline. It may also be the starting point of yet another major Chinese Pipelineistan gambit parallel to the Karakorum highway, delivering gas to Xinjiang.

Beijing values both Iran and Pakistan – the intersection of Southwest Asia and South Asia – as fundamentally strategic nodes of the New Silk Road. This allows China to project trade/commerce power not only in the Indian Ocean but the Persian Gulf.

Got vision, will travel

Washington’s alarm at these developments betrays the glaring absence of an enticing made -in-the-USA vision to woo pan-Eurasian public opinion – apart from a hazy military pivoting posture mixed with relentless NATO expansion, and the TTIP “free trade” corporate racket, also known across Asia as “NATO on trade”.

The counter punch to the above could be already coming via the BRICs; the SCO; the non-stop strengthtening of the China-Russia strategic partnership. There’s also the expansion of the Eurasian Union (Armenia, Belarus, Kazakhstan, Russia – with Kyrgyzstan soon acceding, followed by Tajikistan). In the Middle East, Syria is seriously studying the possibility, and a trade agreement with Egypt has already been clinched. In Southeast Asia, a pact with Vietnam will be a done deal by the end of 2015.

Russia and China’s “secret” agenda in helping to clinch an Iran-P5+1 nuclear deal paves the way for Tehran to be admitted to the SCO as a full member. Expect, as early as 2016, an SCO alignment that unites at least 60% of Eurasia, with a population of 3.5 billion people and a wealth of oil and gas that more than matches the Gulf Cooperation Council states.

So the real story is not how China will collapse, as peddled by David Shambaugh, the so-called second top China expert in the U.S. (who’s the first? Henry Kissinger?) This is a line that’s been soundly debunked by many sources. The real story, which a revived Asia Times will be covering in detail in upcoming years, is how the myriad aspects of the New Silk Road will be configuring a new Eurasian dream. Have vision, will travel. Bon voyage.

Pepe Escobar’s latest book is http://www.amazon.com/Empire-Chaos-Roving-Eye-Collection-ebook/dp/B00OYVYD3G/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1423800890&sr=1-1&keywords=empire+of+chaos

Empire of Chaos. Follow him on https://www.facebook.com/pepe.escobar.77377

Fonte: Asia Times

The Non-Problem of Chinese Currency Manipulation

CAMBRIDGE – America’s two political parties rarely agree, but one thing that unites them is their anger about “currency manipulation,” especially by China. Perhaps spurred by the recent appreciation of the dollar and the first signs that it is eroding net exports, congressional Democrats and Republicans are once again considering legislation to counter what they view as unfair currency undervaluation. The proposed measures include countervailing duties against imports from offending countries, even though this would conflict with international trade rules.
This is the wrong approach. Even if one accepts that it is possible to identify currency manipulation, China no longer qualifies. Under recent conditions, if China allowed the renminbi to float freely, without intervention, it would be more likely to depreciate than rise against the dollar, making it harder for US producers to compete in international markets.

But there is a more fundamental point: From an economic viewpoint, currency manipulation or unfair undervaluation are exceedingly hard to pin down conceptually. The renminbi’s slight depreciation against the dollar in 2014 is not evidence of it; many other currencies, most notably the yen and the euro, depreciated by far more last year. As a result, the overall value of the renminbi was actually up slightly on an average basis.
The sine qua non of manipulation is currency-market intervention: selling the domestic currency and buying foreign currencies to keep the foreign-exchange value lower than it would otherwise be. To be sure, the People’s Bank of China (PBOC) did a lot of this over the last ten years. Capital inflows contributed to a large balance-of-payments surplus, and the authorities bought US dollars, thereby resisting upward pressure on the renminbi. The result was as an all-time record level of foreign exchange reserves, reaching $3.99 trillion by July 2014.
But the situation has recently changed. In 2014, China’s capital flows reversed direction, showing substantial net capital outflows. As a result, the overall balance of payments turned negative in the second half of the year, and the PBOC actually intervened to dampen the renminbi’s depreciation. Foreign-exchange reserves fell to $3.84 trillion by January 2015.
There is no reason to think that this recent trend will reverse in the near future. The downward pressure on the renminbi relative to the dollar reflects the US economy’s relatively strong recovery, which has prompted the Federal Reserve to end a long period of monetary easing, and China’s economic slowdown, which has prompted the PBOC to start a new period of monetary stimulus.
Similar economic fundamentals are also at work in other countries. Congressional proposals to include currency provisions in the Trans-Pacific Partnership, the mega-regional free-trade agreement currently in the final stage of negotiations, presumably target Japan (as China is not included in the TPP). Congress may also want to target the eurozone in coming negotiations on the Transatlantic Trade and Investment Partnership.
But it has been years since the Bank of Japan or the European Central Bank intervened in the foreign-exchange market. Indeed, at an unheralded G-7 ministers’ meeting two years ago, they agreed to a US Treasury proposal to refrain from unilateral foreign-exchange intervention. Those who charge Japan or the eurozone with pursuing currency wars have in mind the renewed monetary stimulus implied by their central banks’ recent quantitative easing programs. But, as the US government knows well, countries with faltering economies cannot be asked to refrain from lowering interest rates just because the likely effects include currency depreciation.
Indeed, it was the US that had to explain to the world that monetary stimulus is not currency manipulation when it undertook quantitative easing in 2010. At the time, Brazilian Finance Minister Guido Mantega coined the phrase “currency wars” and accused the US of being the main aggressor. In fact, the US has not intervened in a major way in the currency market to sell dollars since the coordinated interventions associated with the Plaza Accord in 1985.
Other criteria besides currency-market intervention are used to ascertain whether a currency is deliberately undervalued or, in the words of the International Monetary Fund’s Articles of Agreement, “manipulated” for “unfair competitive advantage.” One criterion is an inappropriately large trade or current-account surplus. Another is an inappropriately low real (inflation-adjusted) foreign-exchange value. But many countries have large trade surpluses or weak currencies. Usually it is difficult to say whether they are appropriate.
Ten years ago, the renminbi did seem to meet all of the criteria for undervaluation. But this is no longer the case. The renminbi’s real value rose from 2006 to 2013. The most recent purchasing power statistics show the currency to be in a range that is normal for a country with per capita real income of around $10,000.
By contrast, the criterion on which the US Congress focuses – the bilateral trade balance – is irrelevant to economists (and to the IMF rules). It is true that China’s bilateral trade surplus with the US is as big as ever. But China also runs bilateral deficits with Saudi Arabia, Australia, and other exporters of oil and minerals, and with South Korea, from which it imports components that go into its manufactured exports. Indeed, imported inputs account for roughly 95% of the value of a “Chinese” smartphone exported to the US; only 5% is Chinese value added. The point is that bilateral trade balances have little meaning.
Congress requires by law that the US Treasury report to it twice a year which countries are guilty of currency manipulation, with the bilateral trade balance specified as one of the criteria. But Congress should be careful what it wishes for. It would be ironic if China agreed to US demands to float the renminbi and the result was a depreciation that boosted its exporters’ international competitiveness

Jeffrey Frankel, a professor at Harvard University’s Kennedy School of Government, previously served as a member of President Bill Clinton’s Council of Economic Advisers. He directs the Program in International Finance and Macroeconomics at the US National Bureau of Economic Research

Fonte: Project Syndicate